El olor a huevo

 Photo: unsplash.com

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Se acercan los carnavales y el olor a huevo invade mi mente y mi corazón. 

Me remonto a aquel verano en Mejía, hace más de 12 años atrás... cuando aún solía jugar a tirar globos de agua y por ahí uno que otro huevo a mis amigos.  

Me acuerdo que en ese verano muchas cosas cambiaron de un día para otro.
Realmente inexplicable cómo pasaron todos esos eventos frente a mis ojos sin ninguna explicación ni compasión por no mencionar respeto que, obviamente, faltó. 

Varios de mis amigos dejaron de ser mis amigos. 
Varios desconocidos se volvieron mis enemigos.
Varias miradas y susurros me persiguieron.
Y es que los grupos se hacían cada vez más grandes y yo me quedaba tan pequeña y sola. 

Los chismes recorrieron todo Mejia pero nada de lo que decían era verdad.
Todos lo creían y nadie... nadie me preguntó si acaso eso que escuchaban era cierto.

Todos decidieron creer esos chismes, esas mentiras y unirse en contra mío.

¿Por qué? pues hasta el día de hoy no lo se.

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Un día mientras bajaba a la playa con mis padres, se inició la guerra:  1 huevo encima de mi cabeza y un "Hola tío" como si eso fuera respeto. Recuerdo lo congelada que me sentí cuando me lo reventaron en la cabeza y empezaron a reírse a carcajadas, a mis espaldas. También recuerdo lo nerviosa e insegura que me puse cuando tuve que meterme sola al mar para lavarme y quitarme ese terrible olor a huevo: Me sentí expuesta y humillada. 

Al día siguiente, un manchón de niños; esos que solían ser mis amigos... nos bombardearon de huevos. 

La guerra continuaba. 

Esta vez no fue directamente a mi; fue a la casa de mi vecino donde estábamos bañándonos en la piscina. Salimos preocupados a ver qué pasaba... mientras todos gritaban fuertemente mi apellido. 

Estaba más que claro que a quien querían molestar era a mi. 

Me escondí. No tuve las fuerzas para salir a enfrentarlos. 

Mi vecino salió y les pidió que se retiren de su casa. Al no hacer caso, salieron sus padres y ahí si se fueron pero no sin antes advertirme que lo peor estaba por venir... 

"Disculpen" les dije, temblorosa, a los padres de mi vecino.
No sabía qué hacer ni qué más decir. Afortunadamente, no necesité hacerlo. 

"¿Si eso no era lo peor... qué más podría pasar...?" me pregunté una y otra vez. 

Al día siguiente, sin ganas de salir,  invité a dos amigas a ver una película. Claramente estaba tratando de ignorar esa guerra. 

PUM PUM PUM - escuchamos. Rápidamente pusimos pausa a la película y vimos varios huevos reventados en el balcón. 

SPLASH SPLASH - se metieron huevos reventados entre la malla de la ventana que daba a la sala donde estábamos viendo la película.

GRITOS acompañados de miles de huevos por toda la casa... 

Recuerdo que inmediatamente apagamos las luces y nos escondimos, mientras escuchábamos los gritos diciendo mi apellido. En ese momento, mis lágrimas empezaron a caer fuertemente.

Recuerdo los abrazos de mis amigas. 

Recuerdo también el momento en el que además, malograron el timbre de mi casa; dejándolo sonar y gritando a una sola voz: "Por puta... Lozada." 

Fue ahí cuando mi cerebro entró en trance.
Eliminé el sonido de la bulla y simplemente empecé a llorar cada vez más fuerte.
No sabía qué hacer. No sabía qué decir y tampoco sabía hacia donde huir. 

Después de varios minutos, otro vecino, que pasaba por ahí,  entró a mi casa y amablemente  arregló el timbre y llamó a mis padres. Hasta el día de hoy le agradezco infinitamente su ayuda y su consuelo. No solo porque calmó la bulla, sino porque mostró preocupación - algo que realmente necesitaba. 

 

El olor a huevo era tan fuerte y tan desagradable que no quería estar ahí.

Me moría de vergüenza, de miedo, de ansiedad...  
No sabía cómo enfrentar ese momento con mis padres pero sobretodo, conmigo misma. 

Esa noche limpiamos los huevos que estaban dentro de la casa pero no dijimos nada ni nos preguntamos nada. 

Al día siguiente, mi cumpleaños, recuerdo cómo mi papá y yo limpiamos las paredes de afuera de la casa. Con una escoba mojada en mano, recuerdo cómo mi padre trataba de reírse de la situación, amenizando tremendo evento. Pero para mi... al fondo de mi corazón... era una completa guerra. Esas que no sabes cuándo acaban y mucho menos, por qué se inició.  

 

El olor a huevo me acompaña todos los días desde aquel asqueroso verano.

El olor a huevo forma parte de la historia de mi vida y de quien soy. El olor a huevo me recuerda que gracias a ese día, me hice un poquito más fuerte y aprendí a enfrentar momentos duros pero sobretodo, a levantarme. 

Si bien es cierto; hasta el día de hoy no se porqué hubo esa guerra... ahora entiendo que no necesito explicaciones para avanzar: no las necesito porque estoy segura de quien soy y de lo que merezco y lo que no. 

 

Me costaron varios años aceptar que el olor a huevo duele.

Pero que ese dolor es mi pasado y gracias a eso, soy quien soy ahora. Y con toda esa fortaleza que esa guerra me regaló, puedo hoy sentirme una mujer segura y valiente.

Una mujer lista para enfrentar cualquier guerra de la mano de mi familia y sobretodo, de mis hijos.     

Stephanie Lozada

Mamá Petit es un espacio para compartir todo lo que uno va pasando con la maternidad. La llegada de un bebé a casa nos cambia el mundo por completo y todos los días se vuelven retos y aventuras que valen la pena compartir.